Page 1229 - Anatema - Neal Stephenson
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podía  ver  el  reverso  de  una  manta  metalizada,  como  si


          fuese  un  pollo  en  el  horno.  Así  que  no  era  difícil

          adormilarse.  Mi  cuerpo  y  mi  mente  no  habían  tenido

          jamás tantas razones para querer descansar; entre el jet lag


          y  el  entrenamiento,  en  Elkhazg  habíamos  tenido  pocas

          ocasiones de dormir, y ninguna en las últimas veinticuatro

          horas. La última media hora había sido estresante hasta el


          absurdo…  el  tipo  de  experiencia  tras  la  cual  cualquier

          persona sana querría meterse bajo las mantas de una cama

          caliente y llorar hasta quedarse dormida.


            Lo  único  que  me  impidió  quedarme  dormido  de

          inmediato fue el temor a mi propia somnolencia. Gracias


          al entrenamiento me sabía de carrerilla los síntomas del

          envenenamiento  por  dióxido  de  carbono.  Náuseas,  sí.

          Mareo, sí. Vómitos, sí. Dolor de cabeza, sí. Pero ¿quién no


          hubiera manifestado todos esos síntomas después de ser

          enviado de una patada por una escalera de cien millas de


          altura montado en un monifik? ¿Qué venía luego? Oh, sí,

          casi lo olvidaba: sueño y confusión.

            Comprobé  las  lecturas  de  la  pantalla.  Las  volví  a


          comprobar. Cerré los ojos, esperé a que se me aclarase la

          vista, las comprobé por tercera vez. Estaban bien. El nivel

          del tanque de oxígeno era amarillo (lo que era de esperar,


          después  de  haber  respirado  de  esa  forma),  pero  el

          contenido de oxígeno del aire que respiraba estaba bien y

          el nivel de CO2 era nulo… el limpiador se lo llevaba todo.







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