Page 1368 - Anatema - Neal Stephenson
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descalza, con un par de elegantes zapatos atados entre sí


          que colgaban del cinturón de su traje.

            Fueron llegando otros: un par de personas ridículamente

          hermosas que no reconocí. Algunos ancianos. Los Foral,


          del  brazo,  como  si  los  miembros  de  su  familia  llevasen

          siglos paseándose en gravedad cero. Tres avotos, uno de

          los cuales reconocí: fra Lodoghir.


            Volé  directamente  hacia  él.  Al  verme  aproximarme  se

          disculpó con sus dos acompañantes y me esperó en uno

          de  los  agarres  del  túnel.  No  malgastamos  tiempo  en


          tonterías.

            —¿Sabes qué ha sido de fra Jad? —le pregunté.


            Su  rostro  habló  con  una  elocuencia  que  su  voz  era

          incapaz de encontrar… lo que era decir mucho. Lodoghir

          lo sabía. «Lodoghir lo sabía.» No me refiero a la historia


          falsa.  Él  sabía  lo  que  yo  sabía  (lo  que  probablemente

          significase que él sabía mucho más que yo) y temía que yo


          estuviese a punto de soltarlo todo. Pero en ese momento

          cerré la boca y con un movimiento de los ojos le hice saber

          que tenía la intención de guardar discreción.


            —Sí —dijo Lodoghir—. ¿Cómo puede interpretarlo un

          avoto de menos poderes? ¿Qué significa el destino de fra

          Jad, qué guarda para nosotros? ¿Qué lecciones podemos


          extraer de él, qué cambios deberíamos realizar en nuestra

          propia conducta?










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