Page 684 - Anatema - Neal Stephenson
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pero con el tiempo el botín daba con la carretera y era
apilado en la parte posterior de destartalados drumones
que en un setenta y cinco por ciento eran óxido y, si no se
desintegraban, era gracias a la escarcha y a las capas de
nieve sucia. Por precaución se desplazaban en caravana,
así que no había ninguna posibilidad de adelantarlos, pero
se movían a una velocidad más que adecuada y nos
ofrecían la seguridad del grupo una vez que
comprendieron que éramos peregrines, no piratas. Nos
manteníamos a cierta distancia para tener tiempo de
esquivar una tubería rígida o un rollo de cable que cayese
a la carretera. El parabrisas se nos puso opaco con el lodo
helado que levantaban las ruedas. Manteníamos las
ventanillas laterales abiertas para poder limpiarlo con
trapos atados en el extremo de un palo. Al tercer día los
trapos se congelaron; tuvimos que mantener la cocinilla en
funcionamiento con un caldero de agua caliente encima,
para descongelarlos. Por las ventanillas abiertas veíamos
pasar las ruinas. Aprendimos a distinguir la época de
construcción por el tipo de fortificaciones: silos de misiles,
pistas de tres millas de largo, muros‐cortina, murallas de
piedra, acres de alambre de espino, anillos de árboles
espinosos secuenciados, todo en mayor o menor medida
derribado y alterado por los recuperadores.
Con el paso de los días, el paisaje cambió. Empezó
estando cubierto de polvo, a continuación congelado,
luego aplastado, machacado, inundado, arrasado por el
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