Page 685 - Anatema - Neal Stephenson
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hielo. Después, los únicos indicios humanos que veíamos
eran los restos de antiguos puertos de trineos: las
fluctuaciones del clima o de los mercados los habían
dejado indefensos el tiempo suficiente para que se
arruinaran. El paisaje, a una milla de la carretera, estaba
limpio y era blanco; el que estaba cerca de la carretera era
el más asqueroso que hubiese visto en todo el viaje. Los
montones de nieve a los lados de la calzada se fueron
haciendo más altos y más oscuros, hasta que el camino se
convirtió en una trinchera estrecha completamente negra
de veinte pies de profundidad, atestada de drumones que
se movían tan rápido como camina una persona sana. A
partir de ese punto ya no había vuelta atrás. Habríamos
podido apagar el motor y el drumón de atrás nos habría
empujado hasta el final. Los drumones tenían tubos de
ventilación para que entrara aire fresco en sus cabinas. A
nosotros no se nos había ocurrido esa idea, y pasamos el
último día respirando gases de escape azules y grasientos.
Cuando no lo podíamos soportar más, cambiábamos de
conductor y salíamos de la trinchera (de vez en cuando
había rampas en las paredes de nieve). Nos limitábamos a
caminar un rato (en uno de los mercados de la tundra
habíamos comprado raquetas para andar hechas con
material de construcción recuperado) o íbamos en el
triciclo de Gnel.
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