Page 844 - Anatema - Neal Stephenson
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—Un molde —dijo—, un molde de todo el cuerpo.
Puedes verlo si quieres. Por supuesto, no es más que una
hipótesis que sea realmente Metekoranes. Pero se ajusta
perfectamente a la leyenda. Incluso tiene la cabeza
inclinada, como si realmente mirase las losetas.
La plaza donde disfrutábamos de nuestro picnic, en la
que Metekoranes había quedado enterrado y convertido
en piedra, era el Teglón real: plana, decagonal, de quizás
unos doscientos pies de diámetro, cubierta de losas lisas
de mármol. En la antigüedad, la plaza había recibido un
suministro abundante de losetas fabricadas con arcilla
cocida en moldes. Había siete moldes, de ahí las siete
formas distintas de loseta. Tenían formas que hacía
posible encajarlas en un número infinito de patrones. Tal
cosa no es posible con cuadrados o triángulos equiláteros;
esas figuras forman patrones repetidos, por lo que no hay
elección posible. Pero mientras dispusieses de más copias
de las losetas del Teglón, podías escoger eternamente.
Había cientos de losetas dispersas y, en algunos puntos,
los modernos orithenanos las habían estado disponiendo.
Me agaché y miré una, luego miré inquisitivamente a
Spry.
—Adelante —dijo ella—, son reproducciones modernas.
¡Encontramos los moldes originales!
Recogí una loseta para echarle una ojeada de cerca. Ésa
en concreto tenía cuatro lados: un rombo. Una
acanaladura recorría su superficie, serpenteando de un
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