Page 840 - Anatema - Neal Stephenson
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peligroso.  Pero  el  territorio  intermedio,  por  el  que


          caminamos Orolo y yo, era un oasis fruto de la labor del

          linaje. De algún modo habían encontrado agua y la usaban

          para cultivar vides, grano y todo tipo de árboles frutales


          que  además  daban  sombra  al  camino  de  subida  a  la

          montaña.  Con  cada  paso,  la  temperatura  descendía  un

          poco, la brisa se enfriaba. El esfuerzo de subir me mantuvo


          caliente, pero cuando llegamos a la altitud adecuada para

          parar, disfrutar de la vista y mordisquear los frutos que

          habíamos  hurtado  de  camino,  el  sudor  se  me  secó  al


          instante  con  el  viento  frío  y  seco  del  mar  y  tuve  que

          abrigarme.


            Superamos los frutales de Orithena y vagamos por un

          cinturón de árboles retorcidos y nudosos hasta llegar a un

          prado inclinado cubierto de lo que parecía, en la distancia,


          escarcha. Pero en realidad era una alfombra de diminutas

          flores blancas que de alguna forma lograban crecer allí.


          Insectos multicolores volaban, pero no tantos como para

          ser molestos. Supuse que los pájaros, que cantaban desde

          los  matorrales  y  las  zonas  de  vegetación  espinosa,  los


          mantenían  bajo  control.  Nos  sentamos  sobre  la  raíz

          expuesta de un árbol que seguramente habían plantado la

          primavera siguiente a la erupción del volcán. Orolo me


          explicó que esos árboles, que no eran más altos que yo,

          eran los seres vivos más viejos de Arbre.

            Gran parte de lo que dijimos esa tarde eran detalles como


          ése, de guía turístico. En cierta forma era un alivio charlar



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