Page 157 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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altura  sobre  sus  cabezas.  Las  columnas  que  sostenían  la

         bóveda parecían demasiado frágiles y delgadas para poder

         sostener el peso de las muchas toneladas de roca que sobre


         ellas gravitaban. Seguidamente, Alvin se dio cuenta de que

         realmente esas columnas no sustentaban nada y ni siquiera

         formaban parte integral de la construcción de la caverna,


         sino  que  habían  sido  edificadas  mucho  tiempo  después.

         Rorden había llegado a la misma conclusión.

                —Estas  columnas  —explicó—  se  han  construido,

         simplemente, para contener el árbol mecánico que nos ha


         hecho llegar hasta aquí. Nos hallamos en el punto final de

         los  caminos  móviles,  que  antaño  debieron  converger  en

         este lugar.

                Alvin había visto, sin darse cuenta de lo que eran, los


         grandes  túneles  que  partían  de  la  circunferencia  de  la

         cámara.  Se  dio  cuenta  de  que  ascendían  suavemente  y

         reconoció  la  superficie  de  color  gris,  tan  familiar,  de  los


         caminos móviles. Allí, en ese punto, muy por debajo del

         mismo corazón de la ciudad, convergían todos los caminos,

         todas las rutas del maravilloso sistema de transporte que

         sostenía el tráfico entero de Diaspar. Pero ahora sólo eran


         unos  pesados  muñones  que  soportaban  los  grandes

         caminos.  El  extraño  material  que  les  daba  vida  estaba

         congelado y en la mayor inmovilidad.

                Alvin  comenzó  a  andar  en  dirección  hacia  el  más


         próximo de los túneles. Había andado sólo unos cuantos




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