Page 166 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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Alvin entró en la nave. Dejó las pertenencias que
llevaba para el viaje en el asiento más próximo y se volvió
para mirar a Rorden que estaba de pie en el marco casi
invisible de la puerta. Durante, un momento reinó un
silencio completo como si cada uno de ellos estuviese
esperando que el otro fuera el primero en hablar.
No tuvieron que decidirse. Un leve resplandor
translúcido, intermitente, brilló varias veces y de nuevo la
pared de la máquina se cerró, dejando a Rorden fuera. En
el momento en que Rorden comenzó a agitar su mano en
un gesto de despedida, el largo cilindro comenzó a ponerse
suavemente en movimiento hacia adelante. Antes de que
entrara en el túnel, su velocidad había aumentado
considerablemente.
Rorden, lentamente, emprendió el camino de regreso
hacia la cámara de los caminos móviles con su gran pilastra
central. La luz del sol penetraba por la abertura cada vez
más clara a medida que se aproximaba a la superficie.
Cuando de nuevo emergió frente a la estatua de Yarlan
Zey, se sintió desconcertado, aunque no sorprendido, al ver
un grupo de curiosos que lo contemplaron asombrados.
—No hay razón alguna para alarmarse —les dijo con
tono grave y seguro—. Aunque no parezca necesario
alguien tiene que hacer esto cada pocos miles de años. Los
cimientos de la ciudad son perfectamente firmes, estables y
seguros, no se han movido ni un micrón desde que el
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