Page 169 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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divisar un instantáneo pasar de marcas que desaparecían
con la misma rapidez que se habían aproximado. Ahora,
cada vez que una de estas marcas aparecía, observó,
permanecía un poco más de tiempo en su campo de visión.
De pronto, sin el menor aviso, las paredes del túnel
parecieron abrirse, separarse, a ambos lados del aparato,
que no obstante seguía deslizándose a gran velocidad por
un espacio enorme y vacío, mayor todavía que la gran
cámara de los caminos móviles.
Mirando a través de la pared transparente del vehículo,
Alvin pudo ver una intrincada red de raíles guías; raíles
que se cruzaban entre sí hasta desaparecer en un laberinto
de túneles a ambos lados. Por encima de él, una larga línea
de soles artificiales iluminaban la cámara con su resplandor
y a contraluz pudo ver las siluetas de grandes máquinas
transportadoras. La luz era tan fuerte que le hacía daño en
los ojos, y Alvin comprendió de inmediato que ese lugar no
había sido construido para el hombre. Para qué o quién
había sido construido quedó claro un momento después,
cuando el aparato pasó rápidamente dejando atrás hileras
e hileras de cilindros que descansaban inmóviles sobre sus
raíles guías. Eran más largos que el aparato en que viajaba
y Alvin comprendió de inmediato que se trataba de
transportadores de carga. En torno a ellos se agrupaban
máquinas y aparatos para él incomprensibles, todos
silenciosos e inmóviles.
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