Page 198 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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cuando por las hileras de colinas y montañas. Y más atrás

         aún, al final de todo, las grandes montañas que servían de

         frontera y protección entre Lys y el desierto, parecía formar


         un banco de nubes lejanas.

                Hacia el Este y el Oeste, el paisaje que se ofrecía a los

         ojos era realmente muy poco distinto, pero hacia el Sur, las


         montañas  parecían  estar  más  próximas,  sólo  a  pocos

         kilómetros de distancia. Alvin podía verlas claramente y se

         dio cuenta de que eran mucho más elevadas que la cima de

         la pequeña montaña en la que se encontraban.


                Pero lo más maravilloso, lo más bello y encantador de

         todo  lo  que  hasta  entonces  habían  descubierto  sus  ojos

         asombrados,  era  la  cascada.  Desde  la  misma  cara  de  la

         montaña una ancha cinta de agua se precipitaba sobre el


         valle  curvándose  en  el  espacio  hacia  las  rocas  que  se

         hallaban a trescientos o cuatrocientos metros por debajo.

         Las  aguas  se  pulverizaban  al  caer  y  tenían  una  especial


         luminiscencia. Desde el fondo, donde las aguas caían sobre

         las rocas, llegaba un ruido monótono, atronador, continuo,

         que  se  repartía  en  miles  de  ecos  sobre  las  caras  de  la

         montaña con sus hendiduras y grietas.


                Y abajo, ingrávido y sutil en el aire, sobre la base de la

         catarata,  estaba  el  último  de  los  arco  iris  que  todavía

         quedaban en la Tierra.

                Los  dos  muchachos  permanecieron  durante  largos


         minutos tumbados al borde del acantilado desde el que se




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