Page 307 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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giró hasta que, finalmente, la nave espacial puso rumbo a

         su  destino  como  un  gigantesco  proyectil  siguiendo  una

         trayectoria cuyo fin estaba en las estrellas.


                En el centro de la pantalla, el gran anillo de los Siete

         Soles resplandecía con la belleza de un arco iris. Todavía

         seguía viéndose en una esquina de la pantalla un pequeño


         trozo de la Tierra, como en un creciente oscuro cuyo borde

         resplandecía  dorado  bajo  los  rayos  del  sol.  «Algo  está

         ocurriendo ahora», se dijo Alvin. Era algo que sabía por

         encima de toda experiencia. Esperó, rígido en su asiento,


         mientras  que  los  segundos  pasaban  y  los  Siete  Soles

         aumentaban de tamaño en la pantalla.

                No había el menor ruido, sólo una especie de temblor

         casi imperceptible. Y la Tierra había desaparecido ya como


         si  una  mano  gigante  la  hubiera  quitado  del  Universo.

         Estaban solos en el espacio, a solas con las estrellas y un

         extraño  y  desfalleciente  Sol.  Era  como  si  la  Tierra  jamás


         hubiera existido.

                De nuevo se produjo el débil pitido como si por vez

         primera los generadores estuvieran ejerciendo una fracción

         apreciable de su capacidad productora de energía. Por un


         momento pareció, sin embargo, como si no sucediera nada

         más;  después  Alvin  se  dio  cuenta  de  que  también  había

         desaparecido el Sol y las estrellas pasaban como si le fueran

         abriendo  camino  a  la  nave.  Miró  hacia  atrás  por  un


         momento y no vio nada… nada en absoluto. Era como si




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