Page 308 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
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todos los cielos se hubieran extinguido, borrados, por un

         hemisferio  de  noche.  El  navío  espacial  viajaba  a  mayor

         velocidad que la luz y Alvin sabía que ya no estaban en el


         familiar espacio ocupado por el Sol y la Tierra.

                Cuando de nuevo, por tercera vez, se produjo el silbido

         característico,  el  corazón  de  Alvin  casi  dejó  de  latir.  La


         extraña confusión de la visión se hizo patente con mayor

         intensidad y todo lo que le rodeaba pareció distorsionarse

         hasta  casi  hacerse  irreconocible.  El  significado  de  esa

         distorsión  le  llegó  como  un  relámpago  intuitivo  que  no


         podía explicar. Supo que aquello era algo real y no una ilusión

         de  sus  ojos:  en  cierto  modo  iba  captando,  al  pasar  por  la

         delgada  película  del  presente,  una  perspectiva  de  los

         cambios que se estaban produciendo en el espacio que los


         envolvía.

                En ese instante el pitido de los motores se convirtió en

         un roncar vibrante que hizo temblar la nave. Se trataba de


         un sonido impresionante que conmovió a Alvin, pues era

         la  primera  vez  que  oía  el  rugido  de  una  máquina  que

         parecía como un grito de protesta. De repente pasó todo y

         un  inesperado  silencio  hirió  sus  oídos.  Los  grandes


         generadores  habían  realizado  su  trabajo  y  no  serían

         necesitados  hasta  el  fin  del  viaje.  Las  estrellas,  fuera,

         brillaban con luz blanco‐azulada para desvanecerse en el

         ultravioleta.  Como  consecuencia  de  cierta  magia  de  la


         ciencia  o  la  naturaleza,  los  Siete  Soles  seguían  siendo




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