Page 314 - El Leon De Comarre/ A la caida de la noche - Arthur C. Clarke
P. 314
su color característico. La neblina envolvente era sólo
visible de manera indirecta y se retorcía en extrañas
sombras que parecían eludir el ojo humano. Pero estaba
allí, presente, y mientras más tiempo se la miraba más
extensa parecía.
Alvin se preguntó adonde los conduciría el robot.
¿Seguía las instrucciones grabadas de antiguo en su
memoria, o era guiado por señales emitidas desde el
espacio que los rodeaba? Había dejado la elección de su
punto de destino a la libre voluntad de la máquina y en
esos momentos se dio cuenta de que había una pálida
emisión de luz hacia la que parecían dirigirse. Estaba casi
perdida en la claridad nacarada del Sol Central y en torno
suyo lucía el débil resplandor de otros mundos. El enorme
viaje estaba llegando a su fin.
El planeta hacia el que se dirigían, que se hallaba ya a
sólo unos millones de kilómetros, era una esfera bellísima
de luces multicolores. No parecía haber ni un solo punto de
oscuridad en su superficie. En esos momentos Alvin vio
con claridad el significado de las palabras que según se
decía pronunció el Maestro cuando estaba agonizando: «Es
maravilloso contemplar las sombras coloreadas de los
planetas de la luz eterna».
Estaban ya tan cerca que podían ver los continentes y
los océanos y la fina y matizada atmósfera. Había algo
extraño en su forma y colocación y Alvin se dio cuenta que
313

