Page 111 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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Con  alegría,  teñida  de  no  poco  miedo,  recogí  la


           chaqueta del suelo lleno de estrellas.


           Acompañado  de  Nebogipfel,  entré  en  la  oscuridad


           que me había rodeado durante tantos días. El cono de


           luz quedó atrás. Eché una mirada al punto de luz que


           había  sido  mi  inhóspito  hogar,  con  sus  bandejas


           desordenadas, su montón de mantas, y la silla, ¡quizá



           la  única  silla  de  aquel  mundo!  No  diré  que  sentí


           nostalgia  al  alejarme,  ya  que  me  había  sentido


           atemorizado  y  deprimido  durante  mi  estancia  en


           aquella  Prisión  de  Luz,  pero  me  pregunté


           ciertamente si la volvería a ver.


           Bajo  nuestros  pies,  las  eternas  estrellas  se


           balanceaban  como  un  millón  de  linternas  chinas,



           sostenidas por la corriente de un río invisible.


           Mientras  caminábamos,  Nebogipfel  me  dio  unas


           gafas azules como las que él llevaba. Las cogí, pero


           protesté:


           —¿Para qué las necesito? La luz no me deslumbra...


           —No  son  para  la  luz.  Son  para  la  oscuridad.


           Póngaselas.


           Me coloqué las gafas sobre la cara. Estaban hechas de


           una sustancia flexible con dos aros, que rodeaban el



           vidrio azul de las gafas propiamente dichas; cuando


           me  las  puse,  los  aros  se  ajustaron  perfectamente


           alrededor  de  mi  cabeza,  manteniéndolas  en  esa


           posición.


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