Page 115 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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cerradas, en ningún lugar había nada que pareciese


           una oficina o una casa.


           Y había Morlocks, una pálida extensión de ellos, por


           todo el suelo transparente; sus caras eran como grises


           copos  de  nieve  desperdigados  sobre  la  alfombra


           estrellada. Sus voces llenaban el lugar: me inundaba


           su constante parloteo líquido, casi oceánico, y muy



           alejado  de  los  sonidos  de  una  garganta  humana,  y


           también lejos de la voz seca que Nebogipfel se había


           acostumbrado a utilizar en mi presencia.


           Había una línea en el infinito, completamente recta y


           un poco difuminada por el polvo y la niebla, donde


           el Suelo se encontraba con el Techo. Y aquella línea


           no mostraba el efecto de curvatura que en ocasiones



           se puede apreciar cuando se examina un océano. Es


           difícil describirlo —parece que ese tipo de cosas están


           más  allá  de  la  imaginación  y  sólo  pueden  ser


           experimentadas—,  pero  en  aquel  momento,  allí  de


           pie,  supe  que  no  estaba  sobre  la  superficie  de  ningún


           planeta. No existía un horizonte lejano tras el cual se


           escondían más filas de Morlocks, como naves que se


           alejan en el mar; sabía realmente que los contornos


           cerrados y compactos de la Tierra estaban muy lejos.



           Mi corazón se hundió y quedé anonadado.


           Nebogipfel se acercó a mí. Se había quitado las gafas,


           y me pareció que lo había hecho con alivio.






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