Page 117 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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como esos dos Morlocks de paso largo, que se
habían adaptado a su ambiente.
Me golpeé la frente con la mano.
—¡A veces creo que soy el mayor tonto que ha
existido nunca! —exclamé ante el perplejo
Nebogipfel.
No se me había ocurrido preguntar por el origen
de mi «peso» en la Esfera. ¿Qué clase de científico
no meditaba —ni siquiera observaba
adecuadamente— sobre la «gravedad» que, a falta
de algo tan conveniente como un planeta, lo
mantenía pegado a la superficie de la Esfera? Me
pregunté qué otras maravillas estaba ignorando,
simplemente por el hecho de que no se me ocurría
preguntar. Y para Nebogipfel, tales maravillas no
eran, sin embargo, más que hechos del mundo, no
más extraños que una puesta de Sol o las alas de
una mariposa.
Le sonsaqué a Nebogipfel detalles sobre la forma
de vida de los Morlocks. Fue difícil, ya que ni
siquiera sabía qué preguntar. Puede parecer raro,
pero ¿cómo podía preguntar, por ejemplo, sobre
las máquinas que formaban el Suelo? Dudaba que
mi lengua tuviese los conceptos adecuados para
plantear la pregunta, de la misma forma que un
hombre de Neandertal no dispondría de las
herramientas lingüísticas para preguntar por el
funcionamiento de un reloj. Y en lo que se refiere a
las disposiciones sociales y de otro tipo que, de
forma invisible, guiaban la vida de los millones de
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