Page 792 - Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter
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dejé cuidadosamente a Weena en el suelo. El


                  agua  era  fría  y  corría  rápida.  Me  arranqué


                  una  tira  de  la  camisa  y  la  mojé  en  el  agua;

                  con  ella  limpié  la  pobre  cara  de  Weena,  y


                  dejé caer algo de agua en su boca.


                  Así, con la cabeza de Weena acunada en mi


                  regazo, me senté durante el resto de la Noche

                  Negra.


                  Por  la  mañana  lo  vi  salir  del  bosque


                  quemado en un estado deplorable. Su rostro

                  estaba pálido como el de un fantasma y tenía


                  cortes sin curar en la cara, la chaqueta llena


                  de polvo y sucia, una cojera peor que la de


                  un vagabundo cansado y los pies sangrantes

                  envueltos  en  hierbas.  Sentí  compasión  —o


                  quizá  vergüenza—  al  verlo  así:  ¿era


                  realmente  yo?,  me  pregunté.  ¿Me  había

                  mostrado  de  esa  forma  a  mis  amigos,  a  mi


                  regreso después de mi primera aventura?


                  De  nuevo  sentí  el  impulso  de  ofrecerle


                  ayuda;  pero  sabía  que  no  la  necesitaba.  Mi

                  otro yo dormiría su cansancio en el brillante


                  día y después, al llegar la noche, volvería a la


                  Esfinge  Blanca  para  recuperar  la  Máquina

                  del Tiempo.


                  Finalmente  —después  de  una  última  lucha


                  contra los Morlocks se iría, en un torbellino


                  atenuado.










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