Page 407 - Hijos del dios binario - David B Gil
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La vibración del móvil la devolvió a la realidad,


           y observó con curiosidad cómo la luz titilante en su


           muñeca  le  informaba  de  que  había  recibido  un


           mensaje de Girard. Sacó el teléfono del bolso y leyó



           el  correo.  Al  parecer,  Arturo  había  conseguido


           concertar  una  entrevista  con  el  catedrático  de


           Microbiología  de  la  UAM,  que  la  recibiría  al  día


           siguiente  en  su  despacho  de  la  Facultad  de


           Ciencias.  Alicia  le  respondió  con  un  «gracias  por


           todo», y subrayó «por todo», antes de devolver el


           móvil a su sitio. «Un poco más —pensó—, me daré



           tres días más, y si no saco nada en claro, lo dejaré


           estar.  Aunque  sea  una  astilla  que  lleve  clavada  el


           resto de mi vida».








                  Decidió dedicar lo que quedaba del día a estar


           sola, un lujo del que rara vez podía disfrutar. Así


           que cuando llegó a casa, se cambió y salió a correr


           al  parque  que  podía  verse  desde  su  salón.  Nada



           serio, tan solo seis o siete kilómetros para ver cómo


           funcionaba su nuevo juguete.


                  Mientras  caía  la  tarde,  las  familias  y  los  niños


           fueron dejando paso a otros como ella: corredores


           solitarios  que  despedían  el  día  exigiéndose  un


           último  esfuerzo,  viejos  conocidos  del  breve




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