Page 357 - Pensad En Flebas - Iain M. Banks
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los árboles y la maleza dirigiéndose hacia el otro lado
de la isla. Horza les vio desaparecer, dejó que sus ojos
se posaran sobre la arena dorada y empezó a respirar
de una forma lenta y profunda.
—Tu gran día, desconocido —dijo el Señor
Primero con una sonrisa yendo hacia él.
Metió la pistola en la funda que llevaba debajo de
la túnica. Horza le miró, pero no dijo nada. «Otro
banquete en mi honor», pensó.
El Señor Primero caminó alrededor de Horza
observándole atentamente. Horza le fue siguiendo con
los ojos siempre que podía y esperó a que se diera cuenta
de los daños que el sudor ácido hubiera logrado infligir
a las ataduras que rodeaban sus muñecas, pero el Señor
Primero no dio señales de haber visto nada que se
saliera de lo habitual. Cuando reapareció en el campo
visual de Horza sus labios seguían curvados en la
misma sonrisita de antes. Asintió con la cabeza,
aparentemente convencido de que el hombre atado al
tronco seguía siendo incapaz de moverse. Horza tensó
los músculos de sus brazos al máximo intentando
romper las ataduras de sus muñecas. Las fibras no
cedieron ni una fracción de milímetro. No había
funcionado. El Señor Primero se marchó para
supervisar la botadura de una canoa pesquera.
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