Page 486 - Pensad En Flebas - Iain M. Banks
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Kraiklyn seguía inmóvil a un par de metros de
distancia.
Horza se puso a cuatro patas y reptó hacia el
hombre caído en el suelo. Le miró a los ojos y vio que
sus pupilas se movían.
—¡Soy Horza! ¡Horza! —gritó, pero ni tan siquiera
él podía oír su voz.
Meneó la cabeza. Los rasgos de aquel rostro que no
le pertenecía se contorsionaron en una mueca de
frustración —lo último que vio el auténtico Kraiklyn
antes de morir—, agarró la cabeza del hombre que
yacía sobre el cemento y la hizo girar con todas sus
fuerzas en una brusca rotación rompiéndole el cuello
tal y como había roto el de Zallin.
Logró arrastrar el cadáver hasta un lado del
muelle con el tiempo justo para escapar al avance del
tercer y último aerodeslizador. La masa
hinchada de sus faldones pasó a dos metros de
distancia de donde estaba Horza, medio sentado y
medio tumbado, jadeando y cubierto de sudor con la
espalda pegada al frío cemento mojado del muelle.
Tenía la boca abierta al máximo y el corazón le latía
como si se hubiera vuelto loco.
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