Page 122 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Ada ya no estaba para echar miradas censoras: ella
y las otras dos esclavas se habían acurrucado abrazadas
en un rincón y, apenas alumbradas por la única
lámpara que quedaba encendida, parecían una sola
criatura informe y gemebunda. A Néstor le llegó el olor
acre de los vómitos y de algo aún peor, pero no dijo
nada. Sacó su reloj de arena de un bolsillo del cinturón
y le dio la vuelta. Aunque era pequeño, el cuello que
unía las dos ampollas era tan estrecho que la arena
tardaba en caer una hora, cronometrada con un reloj de
sol en el equinoccio de primavera. Néstor calculaba, o
quería calcular, que como mucho quedaban cinco horas
de noche. Pero aunque amaneciera, eso no garantizaba
que la tempestad amainase.
Clea intentaba calmarse, pero cada vez que el suelo
volvía a hundirse bajo ellos contenía el aliento,
respiraba en pequeños soplos entrecortados y recitaba
«madre, madre, madre». Néstor pensó en darle jugo de
amapola, pero descartó la idea. Para eso tendría que
volver a su camarote, con el riesgo de partirse la cabeza,
y si la tormenta empeoraba y tenían que luchar por sus
vidas prefería no cargar con el peso muerto de una
mujer sedada.
—¿Es verdad que envenenaron a Alejandro? —le
preguntó Clea de golpe. Néstor la miró sorprendido.
—Sí, es cierto.
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