Page 120 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—¡Que te largues!
Ada salió, pero no se ahorró una última mirada de
reprobación al médico. Néstor pulsó uno de los caños
dorados y salió agua tibia. Fascinante, se dijo. Otro
bandazo hizo que Clea casi se clavara la frente contra
el borde de mármol; Néstor la agarró por los hombros
y la ayudó a mantener el equilibrio mientras se lavaba
la cara.
Después volvieron al camarote. Clea se derrumbó
en un diván y le pidió a Néstor que se sentara a su lado.
Cuando se estaba acomodando se oyó un tremendo
crujido, como si la nave entera fuera a partirse en dos,
y el suelo se inclinó tanto hacia proa que las esclavas y
Ada rodaron por los suelos.
El postigo que había cerrado Néstor volvió a abrirse
y una ráfaga de aire apagó casi todas las velas de la
estancia. Clea se abrazó a Néstor y enterró la cara en su
pecho, entre sollozos. —¡Vamos a morir!
Néstor estuvo tentado de darle la razón. Como se
esperaba, la popa se precipitó en el vacío durante un
instante interminable. En las bodegas del barco se oyó
un gran grito colectivo, y también el ruido de objetos
pesados al chocar. Por fin, el suelo volvió a ponerse
horizontal y el horrísono crujido del maderamen se
apagó poco a poco. Néstor aguzó la oreja por si
alcanzaba a escuchar voces de «¡Nos hundimos!» o
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