Page 118 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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se  vio  arrojada  contra  Néstor.  Fue  un  abrazo

            involuntario,  pero  el  médico  no  pudo  evitar  un


            estremecimiento  al  sentir  el  calor  de  aquel  cuerpo

            flexible y menudo.


                  —Sólo  estás  mareada  —dijo,  por  disimular  su


            desconcierto—. Con esta tempestad es normal.


                  Incluso  he  visto  vomitar  a  varios  marineros  —

            añadió para consolarla, aunque no había vuelto a salir

            del camarote desde hacía horas.


                  Se apartó un poco de ella y la ayudó a acercarse a la


            ventana. Clea cerró los ojos y se frotó la cara con el agua

            que  entraba.  También  resultó  algo  embarazoso  para


            Néstor, pues al mojarse la parte superior de la túnica se

            insinuaron unas sutiles transparencias. Para apartarle

            los ojos del pecho los subió al cuello, del que colgaban


            tres gruesas gargantillas de oro y pedrería, a juego con

            los brazaletes que llevaba en ambas muñecas.


                  —Es por si naufragamos —dijo Clea, interpretando


            aquella mirada como una crítica a tanta ostentación—.

            Si las olas arrastran mi cadáver a una playa remota, tal

            vez algún pescador se apiade de mí y me dé un entierro


            digno a cambio de mis joyas.


                  —Qué previsora.


                  —Y  si  nos  hundimos  —prosiguió  la  joven—,

            servirán como sacrificio para las divinidades del mar.




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