Page 117 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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sobre las rodillas. Ada se acercó a los pies de la cama y

            tiró de ella para cubrir las piernas de su señora. Clea se


            incorporó un poco y trató de adoptar una actitud más

            digna. —Me estoy muriendo. Jamás me he sentido tan

            mal en mi vida —dijo, apretándose un pañuelo contra


            la boca.


                  La  esclava  que  había  traído  a  Néstor  acercó  un

            taburete  a  la  cama  para  que  se  sentara;  después  se


            retiró  a  un  rincón  junto  con  otra  criada,  y  ambas  se

            agarraron las manos con gesto de pavor y semblante

            desencajado. Néstor no podía culparlas. Curiosamente,


            él no sentía miedo, como si la tormenta que zarandeaba

            la gigantesca nave fuese un espectáculo organizado por

            Poseidón y Eolo para que él pudiera contemplarlo y


            anotarlo en sus cuadernos.


                  Al sentarse le llegó el agrio olor del contenido del

            balde. Se volvió hacia las esclavas y les ordenó que lo


            tiraran.  Ellas  se  lo  llevaron  a  la  letrina,  pero  el  olor

            persistía. Néstor se levantó y abrió una ventanilla. El


            aire  entró  con  tal fuerza  que  el  postigo  le  golpeó  de

            refilón en la frente; también se coló la lluvia y algo de

            espuma salada. Pero pensó que era mejor el aire puro y


            trabó el postigo para que no golpeteara contra la pared.


                  —¿Quieres respirar un poco? —le dijo a Clea.


                  La joven se levantó y se acercó con paso titubeante.

            De pronto el barco pareció hundirse en el vacío y Clea


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