Page 121 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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campanas de alarma, pero no pudo oír nada sobre el

            mugido  del  viento  y  el  ronco  bramar  de  las  olas.  Se


            levantó y, casi a tientas, fue a cerrar la ventana. Al otro

            lado de la puerta se oían las sonoras blasfemias de los

            soldados  que  montaban  guardia,  y  también  alguna


            carcajada histérica.


                  —¡Vuelve, por favor! —le suplicó Clea.


                  Néstor se sentó de nuevo en el diván y la joven le

            rodeó  la  cintura  con  ambos  brazos.  —Tranquila.  He


            visto  tempestades  mucho  peores  que  ésta,  y  he

            sobrevivido.


                  —¿De  verdad?  —preguntó  Clea,  levantando  un


            poco la mirada.


                  —De  verdad.  En  el  Golfo  Pérsico  es  habitual  ver

            olas tan altas como el mástil de este barco y vientos que


            pueden  levantar  del  suelo  a  un  hombre.  Yo  lo  he

            recorrido varias veces con el almirante Nearco y con tu

            esposo, ¡y aquí me ves!


                  Debería  dedicarme  a  escribir  fábulas,  se  dijo.  Los


            movimientos se habían calmado un poco.


                  Antes  debían  haber  pinchado  una  ola;  según  le

            había explicado el tercer piloto, era uno de los peligros


            de  correr  el  temporal.  Néstor  hizo  ademán  de

            apartarse, pero Clea le apretó la cintura con fuerza.


                  —No me sueltes, por favor...



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