Page 133 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Campania. Una vez que Capua, Neápolis, Cumas y las
demás ciudades de esa región cayeran como fruta
madura ante la tenacidad de los romanos, el siguiente
paso en su camino hacia la dominación de todo el sur
de Italia sería, por fuerza, Posidonia. Sólo el rey
macedonio podía protegerlos de las legiones y, aunque
se tratara de cambiar un yugo por otro, al menos
Alejandro hablaba griego como ellos.
La ciudad se había multiplicado con la llegada de
Alejandro. A sus treinta mil habitantes había ahora que
añadir el ejército macedonio, que sumaba más de
cuarenta mil combatientes. Con ellos venían sus
esposas, sus amantes y sus hijos, más todo el séquito de
burócratas, filósofos, científicos y simples parásitos que
rodeaban a Alejandro. Y luego estaban los italianos que
habían acudido como moscas al olor del dinero y los
suculentos negocios que siempre suponía la presencia
de un ejército. Mercaderes al por mayor y al por menor,
vivanderos, herreros, broncistas, ganaderos, tejedoras,
curtidores, vinateros, talabarteros, actores, titiriteros,
sofistas, médicos, barberos. Y, por supuesto, prostitutas
de todos los rangos, desde las rameras que fornicaban
en las calles del puerto con las manos contra la pared
hasta las refinadas hetairas que tocaban el laúd,
hablaban de Pitágoras o recitaban poemas de
Anacreonte. Estas cortesanas también ejercían de
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