Page 134 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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modelos  para  la  tropa  de  artistas  que  rodeaba  a

            Alejandro,  y  se  complacían  en  recibir  a  sus


            admiradores  mientras  posaban  desnudas  para  los

            cuadros  de  Apeles  y  Etión  o  para  las  esculturas  del

            anciano Lisipo o de Cefisodoto, hijo nada menos que


            del gran Praxíteles.


                  Entre  Posidonia  y  el  viejo  santuario  de  Hera

            construido  junto  a  la  desembocadura  del  Sílaris,  al


            norte, había crecido de la noche a la mañana otra vasta

            ciudad  en  la  que  se  mezclaban  tiendas  de  campaña,

            cabañas de madera y casas de adobe levantadas a toda


            prisa. En esa improvisada conurbación la plata corría

            en  abundancia,  pero  muchos  de  los  italianos  recién

            llegados  comprobaban  con  cierta  decepción  que  las


            monedas de oro, tanto las estateras macedonias como

            los  dáricos  persas,  se  resistían  a  salir  a  la  luz  como


            topos ocultos en su madriguera.


                  En su fulgurante campaña contra Darío, Alejandro

            había  ido  abriendo  uno  por  uno  los  vastos  tesoros


            reales  almacenados  en  las  capitales  imperiales,  Susa,

            Ecbatana y Persépolis. Aunque aún conservaba en su

            poder miles de talentos, la mayor parte del oro había


            ido a parar a manos de sus Compañeros y de la tropa.

            Pero no hay nada con más agujeros que las manos de

            un  soldado,  y  la  mayoría  se  había  gastado  aquellas


            riquezas. A Alejandro no le importaba; con un ejército



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