Page 430 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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del número de manos que se emplearan, el rey la había
traído a Italia para impresionar a los visitantes y
recordarles que él era el gran Alejandro, el hombre que
había derrotado al rey de reyes en su propio imperio y
le había arrebatado todo lo que era suyo.
La tienda disponía de su propia sala de recepciones,
y en ella se reunieron Alejandro y sus generales en
torno a una mesa alargada donde habían desplegado
mapas de la región de Posidonia, de Campania y de
toda Italia. Habían acudido el propio Pérdicas,
Eumenes, Peucestas, Meleagro y los generales de los
seis batallones de sarisas. Era un consejo muy
reducido, casi un conciliábulo al que, aparte del
secretario real, sólo asistían macedonios. Ni siquiera
había pajes ni sirvientes, y el único guardia presente
era Lisanias. El propio Eumenes les explicó la razón de
tanta reserva.
—Lo que se diga en esta reunión no debe salir de
ella. Podría ser perjudicial para la moral de las tropas.
—Y sin el menor indicio de que estuviera hablando en
broma, añadió—: ¿Lo has comprendido, Meleagro?
El general se removió en su asiento.
—¿Qué pasa, es que soy el único aquí que tiene
boca?
—No, pero la tuya es la más grande —repuso
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