Page 432 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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avistar en el mar la vela del lanchón de la Anfitrite,
habían encendido una hoguera en la playa para hacer
señales a los marineros.
El propio Eumenes había interrogado a los
mercenarios cretenses. Éstos le habían asegurado que
los romanos eran inferiores en número, o como mucho
iguales, y que aun así se habían permitido el lujo de
reservar tropas en la retaguardia.
—Es una muestra del enemigo al que nos
enfrentamos —concluyó el secretario real—. Creo que
debemos tomarla en cuenta. Tras escuchar a Eumenes,
todos se quedaron callados. Acostumbrados a derrotar
a enemigos que gozaban de superioridad numérica, era
humillante que los romanos les hubieran hecho tragar
su propia medicina.
Pérdicas observó a Alejandro. Tenía la mejilla
recostada en la mano izquierda y la mirada ausente,
como si lo que había contado Eumenes no fuese con él.
Pensó que el rey se había dejado afectar demasiado por
las predicciones de aquel chiflado ateniense. Para
Pérdicas, los cálculos de Euctemón tenían tanto valor
como los horóscopos del astrólogo babilonio, o sea,
ninguno. Pero Alejandro, por una parte, era más
supersticioso y solía hacer caso de profetas, arúspices e
intérpretes de sueños, y por otra depositaba una fe
absurda en la ciencia de los filósofos y los astrónomos.
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