Page 73 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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ceñidor solté, la colgué de un curvo sauce y desnuda en

            las aguas me zambullí.


                  Desnuda, repitió en voz alta, y dejó por un instante


            la  pluma.  Aquella  palabra  dejaba  en  sus  labios  una

            sensación tibia y líquida que le bajaba hasta el vientre.


            El  poema  hablaba  de  Aretusa,  la  ninfa  de  la  fuente

            donde de niña iba a jugar con sus amigas, cuando su

            padre aún no era el tirano de Siracusa (¡perdón!; el rey


            de  Siracusa)  y  ella  podía  ir  a  donde  se  le  antojaba.

            Ahora sonrió traviesa al imaginar qué opinaría el gran

            Agatocles de que su hija, una doncella, escribiera sobre


            ninfas que se bañaban desnudas en aguas cristalinas y

            eran perseguidas por cazadores lascivos.


                  No,  recordó,  ya  no  era  doncella,  sino  una  mujer


            casada a sus diecisiete años. El día 22 de artemisio, tres

            meses y medio antes, había disfrutado de su noche de

            bodas,  su  primera  y  última  noche  de  amor  hasta  el


            momento.  ¡Qué  delicias  sin  cuento  prometían  los

            dulces epitalamios de su admirada Safo! Cuando por


            fin había conocido a su prometido cara a cara, resultó

            ser un hombre muy guapo y no tan bajo como le habían

            dado a entender. Sobre todo, olía muy bien. Antes de la


            boda la había atormentado la idea de encamarse con

            alguien  que  apestara  a  sudor  revenido  o  a  dientes

            cariados,  como  les  ocurría  a  tantos  de  los  tipos  que


            rodeaban a su padre y tenían más o menos su edad.



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