Page 76 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 76

pero  él  no  reaccionó.  No  parecía  que  ella  le  hiciera

            saltar el corazón, ni que le hiciera correr fuego por la


            piel,  ni  estremecerse,  ni  sudar.  Safo,  Safo,  me  has

            engañado. Pero la culpa no era de la poetisa ni de sus

            cantos  nupciales,  sino  de  ella  misma  por  hacerse


            ilusiones.


                  Había oído hablar de Alejandro desde que era muy

            niña,  cuando  llegó  la  noticia  de  que  el  rey  de


            Macedonia había cruzado a Asia sin antes casarse ni

            engendrar un heredero para el trono. Años después,

            cuando su padre y ella estaban exiliados al pie del Etna,


            llegaron  historias  que  hicieron  comprender  por  qué

            Alejandro tenía tan poca prisa en contraer matrimonio;

            rumores que hablaban de su inseparable Hefestión, y


            también  de  un  joven  persa  que  había  servido  a

            emperadores, que bailaba como la propia Terpsícore y


            que superaba en belleza y encanto a cualquier doncella,

            hasta  el  punto  de  que  Alejandro  le  había  besado

            delante de todo el ejército.



                  Por eso Clea comprendió con amargura qué cosas

            podía  esperar  de  su  nuevo  marido  y  cuáles  no.

            Alejandro era un caballero y siempre la trataría bien.


            Pero, aparte de su tibieza hacia las mujeres, era un rey

            que  por  razón  de  estado  se  había  casado  ya  cuatro

            veces; ella sólo era la quinta esposa. O más que un rey


            era un dios, el hijo de Zeus—Amón, una divinidad en



                                                              76
   71   72   73   74   75   76   77   78   79   80   81