Page 77 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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cuyo altar Clea se había sacrificado como una nueva
Ifigenia.
Aquella comparación le gustó, pues la colmaba de
una dulce amargura. Al igual que el caudillo aqueo
Agamenón había inmolado a su hija Ifigenia para
conseguir vientos propicios hacia Troya, así su padre
Agatocles la había entregado a ella para afianzar su
alianza con Alejandro, el mismo que le había ayudado
primero a convertirse en tirano de Siracusa y luego a
coronarse rey.
No seas tan dramática, se dijo. Ella al menos seguía
viva. Y acostarse con Alejandro no había sido tan
terrible como sentir el filo de la segur en el cuello.
Ajeno a las ensoñaciones y pensamientos de su
joven esposa, el rey de medio mundo seguía mirando
al mar.
—¿Qué hay al este? —le preguntó Clea. ¿Alguien a
quien has perdido?, pensó. ¿Hefestión? —Nada. El
pasado —respondió él.
Clea no sabía cómo conseguir que él la mirara.
Sobre una mesita había una jarra de vino. Sirvió un
poco en una copa de vidrio y se la ofreció a Alejandro.
Éste por fin volvió la vista hacia ella, pero meneó la
cabeza.
—No. Gracias, Agatoclea. El vino enturbia las ideas.
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