Page 78 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—La agarró un instante por los hombros y la besó en la
frente—. Tengo que irme.
—Aún falta mucho para que amanezca. ¿No vas a
dormir más?
Alejandro ya se estaba poniendo la túnica. En
cuestión de segundos estuvo vestido, con la rapidez y
economía de movimientos de un soldado
acostumbrado a salir de su tienda en plena noche.
—Mis enemigos nunca duermen —dijo mientras se
ataba las sandalias—. Cuando cierro los ojos, alguien
en algún rincón de mi imperio planea cómo rebelarse
contra mí. Todos deben sentir la mirada de Alejandro.
Menos tu esposa, pensó ella, mientras él salía por la
puerta y la cerraba tras de sí. Desde entonces no le
había vuelto a ver.
Clea suspiró. Seguía sintiendo dentro de sí ese
desasosiego de arco sin disparar. Bajó la vista al papiro.
«... ¿Adónde vas corriendo, Are—tusa? ...» Había
seguido copiando casi sin pensar, y por culpa del
balanceo del barco había hecho un pequeño borrón en
una alfa. Decidió dar por terminada la sesión de
escritura; estaba usando papiro saítico untado en el
envés con aceite de cedro, y no era cuestión de
desperdiciar un material tan caro.
Tenía calor, tal vez por culpa de las imágenes que
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