Page 74 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Pero su esposo exudaba un olor cálido y a la vez fresco,
y a sus cuarenta años tenía los dientes perfectos y no le
faltaba ni uno, a pesar de las batallas que había librado
casi desde niño. Aquellos dientes y aquellos labios
carnosos prometían una noche de besos sin fin...
... él fue suave, amable y paciente, pero a Clea se le
antojó que actuaba con la fría concentración de quien
cumple un ritual, como cuando por la mañana habían
celebrado juntos los sacrificios en honor de Hera e
Hubo sensaciones placenteras: las manos y los labios
de su esposo recorriéndole la piel, el peso de sus
estrechas caderas sobre las de Clea mientras sus
piernas se anudaban. Pero al final, cuando él se apartó,
el cuerpo de la muchacha se quedó tenso como la
cuerda de un arco que no se llega a disparar. Él no tardó
en dormirse y Clea se quedó mirando al techo,
pensando que le faltaba algo, que algo inasible y sutil
como las motas de polvo en un rayo de sol se le había
escapado entre los dedos.
El sueño llegó por fin, pero inquieto y cargado de
extrañas visiones. Se despertó a mitad de la noche, y al
girarse buscando un almohadón más fresco descubrió
que la cama estaba vacía.
Él estaba de pie; había abierto la ventana que se
asomaba al este, hacia el mar. La luna debía haber
salido, porque entraba una luz que perfilaba de fría
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