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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
Los zánganos comprendieron lo que sucedía a tiempo
para cerrar la cámara de la reina y la sala de pilotaje.
También cerraron las puertas que conducían «afuera», al
ecotat.
Esto desquició a los rajos. Al no contar con una
provisión de cadáveres y no tener acceso a las babosas,
enloquecieron, y empezaron a devorarse entre sí, a comer
a sus parejas, a su propia prole.
Pero en su frenesí irrumpieron en cuatro de los tubos
destinados a las vagonetas. Los rajos que estaban dentro
del ecotat juntaban babosas y las cargaban en las
vagonetas, pero en realidad alimentaban a los rajos
salvajes. Solo una vagoneta seguía llevando babosas
innecesarias al cubil de la reina. Los rajos lo permitían
porque recibían abundante comida de las otras cuatro.
Sus mentes diminutas no pensaron en buscar más.
Ender percibía todo esto a través de las visiones y
sentimientos que le proyectaban en la mente. Libraba una
lucha constante por entender lo que veía, pero nunca
perdía de vista la vehemencia con que le «hablaban» los
zánganos a través de su delegado.
Sabían quién era él. Es decir, sabían quiénes eran los
humanos. Recordaban la pesadumbre de la Reina
Colmena cuando experimentó la pérdida de las otras
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