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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
Con el exceso de alimento, la población de rajos
proliferó; cuando terminaron de devorar a todos los
fórmicos muertos que pudieron encontrar, los rajos
seguían allí.
Tenían una misión inscrita en los genes: eran pastores
y carroñeros. También estaban entrenados para defecar
únicamente en el ecotat (al aire libre, en la naturaleza, en
la perspectiva de ellos). Cuando terminaron de consumir
a los fórmicos muertos, descubrieron que su población se
había expandido con demasiada celeridad. No había
comida suficiente. Se estaban muriendo de hambre.
La Reina Colmena nunca habría permitido semejante
cosa: su mente tenía tanto poder que cuando se
concentraba en los rajos podía matar a los sobrantes con
solo fijarse en ellos.
Pero aunque los zánganos podían escudriñar la
mente de los rajos, no tenían el poder destructivo de una
reina. Y los rajos eran tan estúpidos que los zánganos no
podían controlarlos. Los rajos no podían recibir y
recordar una orden.
Y así los rajos se volvieron salvajes. Mejor dicho, solo
algunos se volvieron salvajes, pero al cabo de varias
generaciones, los salvajes eran los únicos que aún se
reproducían en los corredores de la nave.
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