Page 244 - Sombras En Fuga - Orson Scott Card
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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
—Quieren un capullo —dijo Ender—. Traed el
capullo que conseguimos y dádselos.
Los zánganos lo soltaron y su mente regresó. No, su
mente siempre había estado allí. Solo había perdido el
control hasta que los zánganos lo liberaron. Se sentía
pequeño y vacío. Nunca se había sentido como un niño,
pues su vida giraba en torno a niños del mismo tamaño,
y del Gigante, que no era comparable con nada. Ahora
Ender conocía la soledad de estar encerrado en la propia
mente, cuando la única compañía era la prepotencia del
lenguaje.
Ender abrió los ojos y maniobró para mirar mientras
Carlotta abría el maletín y sacaba el capullo.
Los zánganos volaron hacia el capullo, lo cogieron, lo
llevaron al centro de la sala, se apretaron contra él.
Al cabo de un rato, lo soltaron y volaron juntos hacia
un rincón, donde formaron un enjambre, pero no del
modo normal. Se chocaban entre sí, con tanta rudeza que
magullaría a un humano. Golpes y más golpes.
Ender comprendió: están de duelo. Están muy tristes.
El capullo seguía flotando. Ender se acercó, lo agarró,
lo volvió a guardar en el maletín.
En cuanto cerró el maletín, un zángano regresó hacia
él, volando tan deprisa que Ender pensó que lo atacaba.
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