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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
pasado mucho tiempo desde la última vez que se habían
animado a hacerlo. Habían ayunado. Dos zánganos
habían muerto de hambre. Los demás comieron sus
cuerpos. No era algo extraño entre los fórmicos, pues la
reina comía los zánganos que ya no le resultaban útiles, y
luego hacía que un huevo empollara un zángano y lo
ponía en reemplazo del que había comido. En una
palabra, los zánganos eran deliciosos.
Así era como habían sobrevivido estos cinco.
Ender metió la mano en el maletín de muestras y sacó
las dos babosas que había juntado. Aún estaban vivas;
Ender tenía un claro recuerdo de las imágenes de los
zánganos alimentándose de babosas, así que ahora pensó
en ellas como deliciosas, aunque los humanos no podían
metabolizar la mitad de las proteínas de sus cuerpos
ondulantes.
El zángano mensajero dejó que los demás se
alimentaran primero. Los zánganos eran pequeños, y
Ender notó que aun un trozo de babosa era una comida
sustanciosa.
Guardaron buena parte de ambas babosas para el
zángano que hablaba con el humano. Él comió último y
comió mejor.
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