Page 267 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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desmoronamiento y el liquen, al volcarse esas cumbres

            menores sobre mí.

                A veces pensaba que las rocas adoptaban la forma de

            figuras amenazadoras, con garras y colmillos y cabezas

            como garrotes o manos. Gigantes petrificados; inmóviles

            deidades de piedra; errores del observador o azarosas

            esculturas eólicas.

                Fui visto. Las cabras y ovejas vertían su desprecio sobre

            mi tambaleo. Los pájaros de presa chillaban su desgaire. A

            veces pasé junto a pastores que me miraban suspicaces,

            rudos.




                Por la noche había formas aún más oscuras. Bajo las

            aguas hay vigilantes mucho más fríos.

                Los dientes de roca rompían la tierra tan lenta y

            tímidamente que caminé por aquel valle excavado durante

            varias horas antes de saberlo. Antes de todo ello hubo días

            y días de pradera y matorral.

                La tierra era más cómoda para mis pies, y el cielo inmenso

            más indulgente para mis ojos. Pero no me engañarían. No

            sería seducido. No era el cielo del desierto. Era un imitador,

            un sucedáneo que trataba de engañarme. La vegetación

            reseca me golpeaba con cada ráfaga de viento, mucho más

            exuberante que mi hogar. A lo lejos estaba el bosque que

            sabía que se extendía al norte, hasta los límites de Nueva
            Crobuzon, hacia el este hasta el mar. En lugares secretos de

            su frondosa vegetación se arracimaban vastas, oscuras,

            ignotas máquinas, pistones y engranajes, trompas de hierro

            entre el verdor, oxidando las cortezas.





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