Page 268 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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No me acerqué a ellas.
A mi espalda, donde el río se bifurcaba, había cenagales,
una especie de estuario interior sin objetivo con vagas
promesas de disolverse en el mar. Allí permanecí en las
chozas elevadas de los zancudos, esa raza callada y devota.
Me alimentaron y me cantaron nanas. Cacé con ellos,
empalando caimanes y anacondas. Fue en los pantanos
donde perdí mi hoja, rota en la carne de algún terrible
predador que saltó de repente sobre mí desde el fango y los
juncos enlodados. Luchaba y gañía como una tetera en el
fuego y desapareció en el limo. No sé si murió.
Antes del cenagal y el río hubo días de pastos y laderas
resecas, que según me dijeron estaban cuajadas de bandidos
rehechos huidos de la justicia. No vi ninguno.
Hubo aldeas que me sobornaron con carne y ropas,
suplicándome interceder por ellos ante sus dioses de la
cosecha. Hubo aldeas que me impidieron la entrada con
picas y rifles y bocinas insoportables. Compartí la hierba
con rebaños y en ocasiones con jinetes, con pájaros a los que
consideraba primos y con animales que creía mitos.
Dormí solo, oculto entre los pliegues de piedra y
vegetación, o en vivaques preparados cuando olía lluvia.
Cuatro veces fui investigado mientras dormía, quedando
como prueba la huella de pezuñas y el olor a hierbas, sudor
o carne.
En aquellas grandes lomas fue donde mi furia y mi
desdicha trocaron su forma.
Caminé con insectos templados que investigaban mi olor
extraño y trataron de lamer mi sudor, de catar mi sangre, de
polinizar los puntos de color de mi capa. Vi gruesos
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