Page 39 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Con mucho cuidado, sopló la figurita hasta que esta cayó

            hacia atrás, en sus manos en forma de cuenco. Salpicó un

            poco,  cero  pudo  sentir  cómo  se  mantenía  la  tensión

            superficial. Sil observó con una sonrisa cínica mientras Isaac
            corría con la figura para llevarla a su laboratorio.


                Fuera, el viento había comenzado a soplar. Isaac protegió

            su premio y apuró el paso hacia la pequeña callejuela que

            unía el Niño Moribundo con la Vía del Remero y su taller.

            Empujó las cuertas verdes con el trasero y entró hacia atrás.

            Su  laboratorio  había  sido  una  fábrica  y  un  almacén  hacía
            años,  y  su  planta  enorme  y  polvorienta  albergaba  bancos,

            equipo y pizarras colgadas en las paredes.


                De dos esquinas llegaron gritos de saludo: David Serachin

            y Lublamai Dadscatt, científicos proscritos como Isaac, con
            los  que  compartía  alquiler  y  espacio.  David  y  Lublamai

            usaban la planta baja, ocupando cada uno una esquina con su

            equipo,  separados  por  unos  quince  metros  de  tableros  de

            madera vacíos. Una remozada bomba de agua sobresalía del

            suelo entre los extremos de la estancia. El constructo que

            compartían rodaba por el suelo, tratando de limpiar el polvo

            con tanto ruido como poca eficacia. Conservan ese trasto por
            sentimentalismo, pensó Isaac.


                Su taller, su cocina y su cama se encontraban en la enorme

            pasarela que sobresalía de las paredes, a media altura de la

            vieja  fábrica.  Tenía  unos  siete  metros  de  anchura  y

            circunnavegaba  la  estancia,  con  unas  barandillas

            destartaladas que, milagrosamente, aún se sostenían después
            de que Lublamai las instalara.


                La puerta se cerró con gran estruendo tras él, y el espejo

            que colgaba a su lado se sacudió. No puedo creer que no se



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