Page 44 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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forma poco educada.
La gran criatura medía más de metro ochenta, y de debajo
de su sucia capa sobresalían unos pies terminados en crueles
garras. El amplio harapo colgaba casi hasta el suelo,
cubriendo cada centímetro de piel, ocultando los detalles de
la fisonomía y la musculatura, salvo la cabeza. Aquel
inescrutable rostro de pájaro contemplaba a Isaac con lo que
parecía imperiosidad. El pico curvo se encontraba entre los
de un cernícalo y un búho. Las plumas esbeltas pasaban
sutiles del ocre al pardo y al marrón moteado. Unos
profundos ojos negros se clavaban en los suyos; el iris no era
más que una leve mancha en el centro de aquella negrura.
Las órbitas de esos ojos daban al rostro del garuda una
expresión de permanente sonrisa cínica, una arruga
orgullosa.
Y sobre la cabeza del ser, cubiertos con el tosco harapo
que vestía, proyectando la forma inconfundible de sus
enormes alas plegadas, promontorios de pluma y piel y hueso
se extendían más de medio metro desde los hombros,
curvándose elegantes el uno hacia el otro. Isaac nunca había
visto a un garuda extender sus alas en un espacio cerrado,
pero había leído descripciones de la polvareda que podían
levantar, y de las vastas sombras que arrojaban sobre sus
presas.
¿Qué estás haciendo aquí, tan lejos del hogar?, pensó
Isaac maravillado. Fíjate en tus colores: ¡perteneces al
desierto! Debes de haber recorrido kilómetros y kilómetros
y kilómetros, desde el Cymek. ¿Qué coño estás haciendo
aquí, impresionante hijo de puta?
La fascinación casi le impidió aclararse la garganta y
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