Page 670 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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planearon sobre sus alas abiertas, totalmente agotadas,
caladas.
A medida que el aire se enfriaba, su lecho de corrientes
térmicas se desinfló poco a poco, y comenzaron a batir las
alas para permanecer a flote. Uno tras otro, los tres machos
descendieron hacia la ciudad en busca de comida que los
reviviera y sostuviera, tanto a ellos como a su compañera
conyugal.
Esta permaneció en el aire un poco más. Cuando al fin
estuvo sola, sus antenas temblaron y comenzó a alejarse
lentamente hacia el sur. Estaba agotada. Sus órganos y
orificios sexuales se habían cerrado bajo su caparazón
iridiscente para conservar todo el esperma en su interior.
La matriarca de las polillas voló hacia Piel del Río y la
cúpula de los cactos, dispuesta a preparar un nido.
Mis garras se flexionan, tratando de abrirse. Se ven
constreñidas por los ridículos y viles vendajes que las
rodean, que aletean como la piel rasgada.
Camino doblado paralelo a las vías, mientras los trenes
me gritan airadas advertencias al restallar a mi lado. Ahora
me escabullo por el puente, observando al Alquitrán rizarse
tras de mí. Me detengo y miro a mi espalda. Delante y detrás,
el río se arrastra y arroja sus desperdicios contra la orilla
en pequeñas y rítmicas descargas.
Mirando hacia el oeste puedo ver, por encima del agua,
las casas arracimadas de Piel del Río, hasta la punta del
Invernadero. El domo está iluminado desde dentro, una
ampolla de luz sobre la superficie de la ciudad.
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