Page 667 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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Se produjo un largo silencio. El Consejo aguardaba. Isaac
pensó en algo que decir, pero no era capaz. Miró al avatar a
los ojos.
—Volveré mañana. ¿Están listos los monos? Nos... nos
veremos de nuevo.
La ciudad se cocía bajo el extraordinario calor nocturno.
El verano había alcanzado su momento crítico. Las polillas
asesinas danzaban en las estrías de aire sucio sobre el núcleo
urbano.
Revoloteaban vertiginosas sobre los minaretes y
acantilados de la estación de la calle Perdido. Apenas batían
las alas, surcando expertas las corrientes rítmicas. Sus
cabriolas exudaban vetas inconstantes de emoción.
Con silenciosas súplicas y caricias, se cortejaban las unas
a las otras. Las heridas a medio sanar se habían olvidado en
la trémula y febril excitación.
El verano en aquella zona, un antaño exuberante planicie
en las costas del Mar del Caballero, llegaba un mes y medio
antes que para sus hermanas al otro lado de las aguas. La
temperatura no había dejado de aumentar, hasta alcanzar el
máximo de los últimos veintiún años.
En la entrepierna de las polillas se producían reacciones
termotáxicas. Configuraciones únicas de carne y secreciones
químicas ponían en prematuro funcionamiento los ovarios y
las gónadas. Se volvieron fértiles, agresivamente excitadas.
Las aspis, murciélagos y pájaros huían aterrados, infestado
como estaba el aire de deseo psicótico.
Las polillas flirteaban con un gemebundo y lascivo ballet
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