Page 669 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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polillas cerraron su pudendo aparato femenino, aceptando la
derrota y la masculinidad.
La polilla victoriosa, la que aún sufría las cicatrices y
heridas de su pelea contra la araña, remontó el vuelo. Su
aroma seguía empapado de jugos femeninos, su fecundidad
incuestionable. Había demostrado ser la más capacitada para
criar.
Se había ganado el derecho a portar a la prole.
Las otras tres la adoraban. Se tornaron cisnes.
El sabor de la carne de la nueva matriarca los volvía
extáticos. Ascendían, caían y regresaban, excitados y
ardorosos.
La madre polilla jugaba con ellos, los dirigía sobre la
ciudad oscura y tórrida. Cuando su súplica se hizo tan
dolorosa como la propia lujuria, se detuvo y se presentó,
abriendo su exoesqueleto segmentado para revelar la vagina.
Copuló con ellos, uno tras otro, y durante un breve y
peligroso instante fue un ser con dos cuerpos, flanqueados
por ansiosos compañeros que aguardaban su turno. Los tres
machos sintieron que sus mecanismos orgánicos se tensaban
y retorcían y se abrían los vientres para que el pene emergiera
por vez primera. Palpaban con los brazos, con los zarcillos
de carne y con las puntas óseas, y la matriarca hacía lo
mismo, tanteando sus espaldas con un complejo amasijo de
miembros que se aferraban, tiraban y entremezclaban.
Se creaban espontáneas conexiones resbaladizas. Cada
pareja copulaba con fervorosa necesidad y placer.
Cuando las horas del celo pasaron, las cuatro polillas
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