Page 674 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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puedo decírselo. Y si no es así, sabré qué decir en su lugar.

                Me armaré. Traeré armas. Encontraré un cuchillo, un

            látigo como el que solía blandir. Aunque sea un forastero,

            no permitiré que mueran sin ayuda. Venderé caras nuestras

            vidas a esos monstruos sedientos.




                Oigo una música triste. Hay un momento de increíble

            silencio, cuando los trenes y las barcazas se alejan de mí en

            mi aguilera, cuando el rechinar de sus motores se aleja y el

            alba queda momentáneamente descubierta.

                Alguien en la orilla del río, en algún desván, está tocando

            un violín. Es un esfuerzo evocador, un trémulo canto fúnebre

            de semitonos y contrapuntos sobre un ritmo roto. No suena

            como las armonías locales.

                Reconozco el sonido. Lo he oído antes. En la barca que

            me trajo a lo largo del Mar Escaso, y antes de eso, en

            Shankell.


                Parece que no hay escapatoria a mi pasado sureño.

                Es el saludo del amanecer de las pescadoras de Perrick y

            las Islas Mandragora, al sur. Mi invisible acompañante está

            dando la bienvenida al sol.

                La mayoría de los pocos extranjeros de Perrick en Nueva

            Crobuzon viven en Ecomir, pero aquí está ella, a casi cinco

            kilómetros río arriba, despertando al gran Pescador Diurno

            con su música exquisita.

                Toca para mí durante unos instantes más, antes de que el

            ruido de la mañana se lleve su música y me deje en el puente,

            escuchando el tronar de las bocinas y los silbatos del tren.


                Aquel sonido de muy lejos prosigue, pero no puedo oírlo.


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