Page 31 - El Zoo De Papel Y Otros Relatos - Ken Liu
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de emergencia y lo guardaron.




                    «Lo siento», le dijo el doctor a la madre de Rina, que

             miró  el  sereno  rostro  de  su  hija  recién  nacida.  Por

             mucho  cuidado  que  tuviesen,  ¿por  cuánto  tiempo

             podrían  evitar  que  el  cubito  se  derritiera?  Porque

             tampoco podían limitarse a guardarlo en un congelador


             por ahí y olvidarse de él. Alma y cuerpo tenían que estar

             bastante cerca; de no ser así, el cuerpo moriría.



                    Ninguno  de  los  presentes  en  la  habitación

             pronunció palabra. El ambiente que rodeaba a la niña


             era  incómodo,  inerte,  silencioso.  Las  palabras  se

             congelaron en las gargantas.



                    Rina trabajaba en un enorme edificio en el centro de

             la ciudad, cerca de los muelles donde estaban atracados


             los  yates  que  nunca  había  pisado.  En  la  zona  más

             exterior de cada planta había despachos con ventanas, y

             los  que  daban  al  puerto  eran  más  amplios  y  estaban

             mejor amueblados que el resto.



                    El centro estaba ocupado por cubículos; uno de ellos


             era  el  de  Rina.  Justo  a  su  lado  había  dos  impresoras,

             cuyo  runrún  le  hacía  pensar  en  el  de  las  neveras.

             Montones  de  empleados  pasaban  junto  a  su  cubículo


             cuando  iban  a  recoger  listados.  A  veces  se  detenían,



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