Page 38 - A orillas del río Piedra me senté y lloré
P. 38

Llegamos de noche, con una niebla tan fuerte que costaba distinguir
                  dónde estábamos. Yo divisaba apenas  una pequeña plaza, un farol, algunas
                  casas medievales mal iluminadas por la luz amarilla, y una fuente.
                         — ¡La niebla! —dijo, excitado.

                         Yo no entendía.
                         — Estamos en Saint-Savin —explicó.

                         El nombre no me decía nada. Pero estábamos en Francia, y eso me ex-
                  citaba.

                         — ¿Por qué este lugar? —pregunté.
                         — Por la casa que quiero venderte —contestó él, riendo—. Además,
                  prometí que volvería el día de la Inmaculada Concepción.
                         — ¿Aquí?

                         — Aquí cerca.

                         Detuvo el coche. Al bajar, me cogió de la mano y empezamos a caminar
                  entre la niebla.

                         — Este lugar entró en mi vida de un modo inesperado —dijo.
                         «Tú también», pensé.

                         — Aquí, un día, sentí que había perdido mi camino. Y no era así: en rea-
                  lidad lo había reencontrado.

                         — Dices cosas muy enigmáticas —dije.
                         — Fue aquí donde entendí la falta que hacías en mi vida.

                         Volví a mirar alrededor. No podía entender por qué.
                         — ¿Qué tiene esto que ver con tu camino?

                         — Vamos a conseguir una habitación, pues los dos únicos hoteles de
                  este pueblo sólo funcionan en el verano. Después cenaremos en un buen res-
                  taurante, sin tensión, sin miedo a la policía, sin necesidad de volver corriendo al
                  coche.
                         »Y cuando el vino suelte nuestras lenguas, conversaremos mucho.

                         Nos reímos juntos. Yo ya estaba más relajada. Durante el viaje, me
                  había dado cuenta de las tonterías que estaba pensando. Al cruzar la cadena
                  de montañas que separa Francia de España, pedí a Dios que lavase mi alma
                  de toda tensión y miedo.
                         Ya me había cansado de hacer ese papel infantil, igual al de muchas de
                  mis amigas, que temían el amor imposible pero no sabían exactamente qué era
                  el «amor imposible». Si seguía así, perdería todo lo bueno que me podían dar
                  aquellos días junto a él.
   33   34   35   36   37   38   39   40   41   42   43