Page 39 - A orillas del río Piedra me senté y lloré
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«Cuidado —pensé—. Cuidado con la brecha en la presa. Si se abre
                  apenas, nada de este mundo podrá cerrarla.»
                         — Que la Virgen nos proteja de aquí en adelante —dijo él.

                         Yo no respondí.
                         — ¿Por qué no dices «amén»? —preguntó.
                         — Porque ya no me parece tan importante. Hubo una época en la que la
                  religión formaba parte de mi vida, pero ese tiempo pasó.

                         Él dio media vuelta y empezamos a caminar, regresando hacia el coche.
                         — Todavía rezo —proseguí—. Lo hice cuando cruzábamos los Pirineos.
                  Pero es algo automático, y no sé si creo mucho.
                         —¿Por qué?

                         — Porque sufrí, y Dios no me escuchó. Porque muchas veces en mi vida
                  intenté amar con todo mi corazón, y el amor terminó siendo pisoteado, traicio-
                  nado. Si Dios es amor, debería cuidar mejor de mi sentimiento.

                         — Dios es amor. Pero quien entiende mucho del tema es la Virgen.
                         Solté una carcajada. Cuando volví a mirarlo, descubrí que estaba serio:
                  no había sido un chiste.
                         — La Virgen entiende el misterio de la entrega total —prosiguió—. Y, por
                  haber amado y sufrido, nos liberó del dolor. De la misma manera en que Jesús
                  nos liberó del pecado.
                         — Jesús era hijo de Dios. La Virgen fue apenas una mujer que tuvo la
                  gracia de recibirlo en su vientre — contesté. Quería reparar la risa inoportuna,
                  quería que supiese que respetaba su fe. Pero la fe y el amor no se discuten,
                  especialmente en un pueblo tan bonito como aquél.
                         Abrió la puerta del coche y cogió las dos bolsas. Cuando intenté quitarle
                  mi equipaje de las manos, sonrió.
                         — Déjame llevártelo—dijo.

                         «Cuánto tiempo hace que nadie me trata así», pensé.
                         Llamamos a la primera puerta; una mujer nos dijo que no alquilaba habi-
                  taciones. En la segunda puerta no nos atendió nadie. En la tercera, un viejecito
                  gentil nos recibió bien, pero cuando miramos la habitación vimos que sólo tenía
                  una cama de matrimonio. Yo me negué.

                         — Quizá convenga que vayamos a una ciudad más grande —sugerí
                  cuando salíamos.

                         — Vamos a conseguir una habitación —respondió él—. ¿Conoces el
                  ejercicio del Otro? Pertenece a una historia escrita hace cien años, cuyo au-
                  tor…

                         — Olvida al autor y cuéntame la historia —dije mientras andábamos por
                  la única plaza de Saint-Savin.
                         — Un sujeto encuentra a un viejo amigo, que vive tratando de acertar en
                  la vida, sin resultado. «Voy a tener que darle un poco de dinero», piensa. Su-
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