Page 109 - La Frontera de Cristal
P. 109

Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            naturalmente, por qué dos desconocidos pudieron vivir juntos un momento así...los territorios se
            perdieron aun antes de ganarse, no crecieron las tierras, no aumentaron los habitantes, crecieron
            las misiones, creció el largo látigo de los franciscanos, colonizadores implacables movidos por la
            filosofía del bien común por encima de la libertad individual,  la  letra  con  el  látigo  entra,  la  fe
            también,  látigo  para  los  pueblos porque antes los frailes lo usaban contra sí mismos, hacían
            penitencia y la daban: crecieron las rebeliones, indios contra  indios,  pueblos  contra  apaches,
            indios contra españoles, pimas contra blancos, hasta culminar en la gran rebelión de los pueblos
            en 1680, dos semanas les bastaron para liberar sus tierras, destruir, saquear, matar a veintiún
            misioneros, quemar las cosechas, expulsar a los españoles y darse cuenta de que ya no podían
            vivir sin ellos, sus cultivos, sus escopetas, sus caballos: Bernardo de Gálvez, veintitantos años, y
            con la energía de veintitantos hombres, establece la paz por el engaño: la manera de someter a
            los indios bravos del río grande es darles rifles pero de bajo metal y cañón largo, quebradizos,
            para que dependan de España para sus reparaciones, Mientras más fusil, menos flechas, dice el
            joven, enérgico, pacificador del río grande y futuro virrey de la Nueva España, que  los  indios
            pierdan la habilidad de disparar flechas, que matan a más españoles que los  fusiles  mal
            manejados: "Mejor una mala paz a una victoria pírrica ", dice Gálvez para los siglos, pero la paz a
            secas  requiere  habitantes,  hay  sólo  tres mil en el río grande, río bravo, se invita a familias de
            Tenerife, se les dan tierras, paso libre, títulos de hidalgo, llegan quince familias canarias a San
            Antonio, exhaustas por el viaje de Santa Cruz a Veracruz, llegan colonos de Málaga, exhaustos
            por el viaje a Saltillo y el Río Grande, y llegan los primeros gringos, los territorios se perdieron aun
            antes de ganarse.

                 JUAN ZAMORA  Juan Zamora tuvo una pesadilla y cuando despertó y averiguó que lo soñado
            era cierto, se fue a la frontera y ahora está aquí parado entre los manifestantes.  Pero  Juan
            Zamora  no levanta los puños ni abre los brazos en cruz. En una mano trae su petaquilla de
            médico. Y en el hueco de ambos brazos, dos cartones con medicinas.

               Soñó con la frontera y la vio como una enorme herida sangrante, un cuerpo enfermo, incierto
            de salud, mudo ante sus propios males, al filo del  grito,  desconcertado  por  sus  fidelidades,  y
            golpeado, finalmente, por la insensibilidad, la demagogia y la corrupción políticas.  ¿Cómo  se
            llamaba la enfermedad de la frontera? El doctor Juan Zamora no lo sabía y por eso estaba aquí,
            para aliviar el mal, para devolverle a los Estados Unidos los estudios en Cornell, la beca que le
            consiguió don Leonardo Barroso catorce años antes, cuando Juan era un muchacho y vivió unos
            amores tristes...

               Sobre la camisa blanca, Juan trae prendida con alfiler una enseña de hojalata, el número 187 y
            una raya diagonal que anula la cifra de la proposición aprobada en California para negarles a los
            inmigrantes mexicanos educación y salud. Juan Zamora se hizo invitar  a  un  hospital  de  Los
            Ángeles y vio que ya no iban mexicanos a curarse. Fue a los barrios. Estaban aterrados. Si iban al
            hospital  —le  dijeron—  serían  delatados  y  entregados  a la policía. Juan les dijo que no, las
            autoridades  de  los  hospitales  eran  humanas, no iban a delatar a nadie. Pero el miedo era
            insuperable. Las enfermedades también. Un caso aquí, otro allá, una infección, una pulmonía mal
            curadas, mortales. El miedo mataba más que cualquier virus.

               Los padres dejaron de llevar a los niños a las escuelas. Un niño de  origen  mexicano  es
            fácilmente identificable. ¿Qué vamos a hacer?, le decían los padres. Pagamos más, muchísimo
            más en impuestos que lo que nos dan en educación y servicios. ¿Qué vamos a hacer? ¿Por qué
            nos acusan? ¿De qué nos acusan? Estamos trabajando. Estamos aquí  porque  ellos  nos
            necesitan. Los gringos nos necesitan. Si no no vendríamos.

               Parado frente al puente de Juárez a El Paso, Juan Zamora recuerda con una mueca ingrata el
            tiempo que vivió en Cornell y no quiere que sus penas personales interfieran con su juicio sobre lo
            que entonces vio y entendió de la hipocresía y la arrogancia que puede acometer al buen pueblo
            yanqui. Pero Juan Zamora ha aprendido a no quejarse. Juan Zamora, calladamente, ha aprendido
            a actuar. No pide permiso en México para atender los casos urgentes, se salta trancas
            burocráticas,  entiende  el  Seguro Social como un servicio público, no abandona a sidosos,
            drogadictos, teporochos, toda la marea oscura y espumosa que la ciudad va encallando en sus
                                                           109
   104   105   106   107   108   109   110   111   112   113   114